domingo, 20 de diciembre de 2009

1 Cosmología. Prefacio.

Prefacio

Al principio creó Dios los cielos y la Tierra. La Tierra estaba confusa y vacía y las tinieblas cubrían la faz del abismo; pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas.
Genesis

Por desgracia para los soñadores, los medios de expresión de la ciencia han cambiado en gran manera y el acercamiento a la realidad cosmológica y la observación más acuciosa y a nuestra escala del universo, y han destruido, en gran medida, gran parte del oropel y del trasfondo con que, la fantasía componía y coloreaba sus paisajes y entronizaba a la humanidad dentro de un marco de ritualizaciones y mitos o, en el mejor de los casos, de aceptaciones irrestrictas propugnadas por un hombre sabio; creando en sí, seres terráqueos insertos en una civilización de maravillas.
Son muchísimos los ejemplos que demuestran la verdad de esta desencantada aserción. No hace mucho tiempo, que los científicos poblaron el ambiente de nuestras realidades domésticas con hermosas aseveraciones sobre la arquitectura y origen del universo en que un núcleo formado por protones y neutrones, bellamente coloreados, hacía girar a su alrededor a traviesos electrones, los cuales, al saltar de una órbita a otra, destellaban y esparcían con sus cabriolas las partículas o ondas semejantes de reflejos de rayos de un diamante de la luz. Imágenes de este tipo todavía se pueden hallar en dibujos de publicidad, en el cine, en la televisión y aun en libros de divulgación. El avance de las investigaciones y la profundización en el conocimiento de tales fenómenos han transformado todos estos hermosos símbolos o representaciones en prácticas relaciones matemática. En forma tajante Werner Heisenberg lo dijo: «Es menester liberarse de las imágenes descriptivas y contentarse con símbolos métricos. Queriendo imaginar lo inimaginable, la física se aventura en un dominio donde el control de la observación es impotente para seguirla».
Es un hecho de la causa y ha seguido sucediendo. En las últimas décadas, las investigaciones realizadas por el propio hombre en sus visitas al satélite natural de la Tierra y el monitoreo que ha venido realizando con los vehículos, laboratorios y telescopios espaciales, los radiotelescopios y demás instrumentos astronómicos y astrofísicos así lo constatan. Sus búsquedas y los encuentros consiguientes se concretan en tablas de relaciones, en cifras, en ecuaciones, en general en matemáticas, pero no en imágenes.
Las objetivas informaciones obtenidas por naves no tripuladas de diferentes misiones en sus viajes a través del sistema solar que han rastreado los aledaños y pequeñas fracciones de atmósferas y superficies del planetas, como asimismo la mayor profundidad de observación del cosmos que se ha alcanzado con la puesta en órbita de un telescopio espacial, han agregado muy poco al conocimiento de las apariencia estructural del universo como la de los astros visitados. En cambio, han enriquecido notablemente el acervo de datos representables sólo por números y relaciones y, por ello, de difícil comprensión para los profanos. Pero un día no muy lejano, cuando el hombre pueda hacer sus observaciones sin la interferencia de la propia atmósfera terrestre que le permite vivir o pose sus plantas sobre la superficie de alguno de nuestros vecinos y pueda recorrer sus territorios y excavar los estratos que lo forman, se satisfará, por lo menos en parte, nuestro afán de intentar observar al primer fotón que nace con el universo y de conocer, aunque sea con pasos limitados, las apariencias de los parajes y, quizás, poder saber qué albergan los valles, desiertos, piélagos y montañas de los planetas de nuestro vecindario.
Mientras tanto, cumple ponernos en guardia para no generalizar con demasiado entusiasmo. Los conceptos adquiridos sobre las posibles realidades del universo y sus peculiaridades, como de los planetas rastreados por máquinas que se han posado en sus superficies o orbitado alrededor de ellos, lo han sido con el mismo criterio que emplea una persona al observar con conocimiento el cielo nocturno o imaginar cómo son la superficie y la flora de la Tierra partiendo de lo que ha observado en su propio y pequeño jardín. Un gusano inteligente, nacido en el corazón de una manzana, la perfora, sale a la superficie y la recorre deseoso, quizás, de conocer el mundo en que vive. Puede que logre formarse una imagen de cómo es la manzana, y acaso alcance a completar un concepto respecto del árbol que produjo la manzana. Pero ¿logrará saber de la arboleda, del país, del planeta al cual pertenece?
El insigne pensador Lecomte du Nouy utilizó un ejemplo que yo he tomado prestado en un ensayo anterior para aclarar esta estricta capacidad de conocimiento del hombre, cuando plantea el caso de un microorganismo -para nuestro ejemplo, considerado inteligente- habitante de las pequeñísimas grietas e la piel de un elefante.
¿Qué concepto podría tener ese minúsculo ser de la rugosa cobertura del paquidermo? Para él, los altibajos de la gruesa epidermis serían barrancos y montañas más impresionantes que, para nosotros, las alturas del Aconcagua o los riscos del Himalaya. Podría ese organismo llegar a formarse, después de largos viajes de aventura, una imagen de la forma externa del elefante; y si su inteligencia fuera suficiente poderosa y penetrante, lograría crear medios científicos y tecnológicos de observación y análisis para descubrir o imaginar la estructura y funcionamiento de todo el intrincado sistema de los órganos internos, circulación de sangre, sistema nervioso y demás del paquidermo. Difícil resulta, sin embargo, suponerlo capaz de ampliar y generalizar sus conocimientos hasta comprender la existencia de otros animales, de otras especies y, sobre todo, del hombre, independiente dominador del ser que a él lo alberga.
Ahora bien, si razonamos prudentemente, podríamos preguntarnos: ¿No estará el hombre metido en un contorno tan restringido como el del microbio inteligente que hemos imaginado? ¿No existirán en el universo realidades extrañas a nuestras escala conceptual y de observación?
Sin embargo, el hombre tiene, sobre el gusano y el microbio inteligentes del cuento, extraordinarias ventajas capaces de hacer menos desalentador el cuadro. El hombre sabio, de gran masa cerebral evolucionada y desarrollada y erguido en dos pies, ha agigantado y sigue agigantando, cada día de manera más asombrosa, su capacidad de observación; para ello ha creado instrumentos, herramientas, dispositivos y máquinas que le permiten obtener informaciones para las cuales sus sentidos, directamente, son sordos. Así, ha penetrado en la profundidad recóndita de la materia y en los dilatados campos espaciales mucho más allá de lo que le habrían permitido sus propios medios biológicos.
Además, desde el principio del siglo XX, genios tan extraordinarios como Albert Einstein enseñaron la utilización de un tipo de raciocinio epistemológico y axiomático de autocrítica, destinado a comparar los alcances y las certezas de las extrapolaciones y generalizaciones, con los resultados de la observación. Se logra de este modo no sólo limitar los márgenes de error, sino que también se hace evidente la reiterada inexactitud de lo observado por nuestros sentidos o por sus instrumentos auxiliares; se adquiere una más clara conciencia de que muchas de las imágenes y conclusiones obtenidas corresponden a interpretaciones de impactos o informaciones que, aun cuando aparecen como una realidad, son sólo realidades humanas. Comprende el observador, por consiguiente, cómo para otros sistemas neurológicos y psíquicos existentes en el universo en medios distintos, los mismos impactos podrían generar apariencias o imágenes o conceptos que en nada se parecen a los por él figurados o aceptados.
En los distintos capítulos de este libro intento describir a este peculiar, y en cierto modo subjetivo, modo de conocer del hombre, resultado de una morfología sui generis y de métodos de observación precarios y deformadores. Se aprecia allí lo limitado de la realidad última o hipotéticamente absoluta del cosmos y de la naturaleza conocidos por el hombre.
Conscientemente y tratando de basarme en lo postulado y observado por la ciencia, voy a dejar volar mi imaginación, sin sobrepasar, sin embargo los confines aceptados. Seguiré, en cierto modo, el método empleado por Desiderio Papp cuando, hace más de cincuenta años, escribió su apasionante ensayo «La Vida en Otros Mundos».
Pero este libro fue escrito por un muchacho, y éste, en cambio, su literatura surge de la pluma de un hombre que ya se encuentra traspasando los límites de la madurez. Papp escribió en un momento de eclosión de ideas, pero todavía muy limitado en el campo de la observación. No sólo no eran realidad los vehículos espaciales; apenas se iniciaba la radiotelefonía; la electrónica estaba en la mente de Dios y la constitución íntima de la materia se representaba por imágenes ya muchas veces renovadas. Ni energía nuclear; ni satélites espaciales; ni telescopios de largo alcance, mucho menos espaciales; ni radioastronomía; ni microscopios electrónicos, ni siquiera aviones ultrasónicos. Para qué hablar de potentes aceleradores de partículas, computadores o de los mil artificios puestos en trabajo por la tecnología durante los últimos lustros. Ni de cibernética, ni de la luz coherente, ni de temperaturas del cero absoluto.
Millones de nuevas observaciones, más hondas y más vastas, han alterado el cuadro configurado por el hombre de su propia realidad y del mundo que lo rodea; y lo han enriquecido extraordinariamente. ¡La ciencia ha sobrepasado, en gran manera, los sueños de los soñadores!
Pero el acelerado cambio que nos ha cabido en suerte presenciar obliga a ser más cautelosos y a dudar de la permanencia de algunos de los esquemas que los hombres de ciencia en la actualidad manejan. Porque, a pesar de tantos avances vertiginoso todavía no somos capaces de comprender a cabalidad la estructura y su comportamiento de nuestro propio planeta, como asimismo la vida ; no ya una vida susceptible de germinar en lo ignoto de un cosmos desconocido, pero ni siquiera la vida orgánica terrestre.
¿Para qué, entonces, se preguntará más de un lector, sobre bases tan inestables elaborar teorías sobre la arquitectura del universo? ¿Por qué no concentrar nuestro esfuerzo en la búsqueda de nosotros mismos? Mi respuesta es categórica: sólo para satisfacer un ansia incontrolable del pensamiento. Además, conociendo el universo nos conocemos.


Advertencia

Aquellos que no dispongan del tiempo o de los elementos para adentrarse personalmente, aunque sea en forma somera, en las materias que se tratan en este libro virtual, no tienen más que creer en quienes han «adivinado», antes que los instrumentos les descubrieran y solo con la ayuda de cálculos matemáticos, la existencia de estrellas y cuerpos celestes; deben tener fe en quienes han sido capaces de desintegrar la materia y transformarla en energía; en quienes han alterado nuestra bóveda celeste colocando en ella satélites artificiales o enviando, a cientos de millones de kilómetros, laboratorios capaces de explorar planetas, medir radiaciones y otras características y enviar sus resultados a la Tierra... O, sencillamente, concluir aquí la lectura de este libro que presento y darse la magnifica satisfacción de no creer.
Este trabajo está estructurado en capítulos y está dirigido a todo tipo de lectores. Para aquellos que deseen adquirir conocimientos actualizados generales de astrofísica, cosmología, cosmografía y cosmogonía y que no cuentan con una mayor formación previa sobre esas disciplinas, los hechos y sus interpretaciones se presentan, en general, en forma sencilla, intentando que las nociones de física puedan ser comprendidas a través de un lenguaje de uso frecuente.
Sin embargo, y con el objetivo de cumplir con la función didáctica que me he propuesto al escribir este libro, se han insertado aspectos sobre nociones fundamentales de física y su formalismo matemático que las expresa para aquellos casos en que el tema que se trata lo amerita. Pero ello, si bien requiere para una mejor comprensión poseer alguna formación específica en matemáticas y física, no compromete, para aquellos que no la tiene, la posibilidad de alcanzar un muy buen entendimiento global sobre la materia tratada en la respectiva literatura.

Patricio T. Díaz Pazos

http://www.astrocosmo.cl/h-foton/h-foton-00.htm

INTRODUCCIÓN

Por más de dos mil años, desde que Aristóteles lo propugnó, existió en el pensamiento occidental la creencia de que el universo era eterno y no cambiaba. Se creía que las estrellas están hechas de una materia imperecedera y que la arquitectura de la cúpula celeste es fija e inmutable. Hoy sabemos, gracias al desarrollo tecnológico moderno, que ello no es así. Las estrellas nacen y mueren después de vivir varios millones o miles de millones de años. Brillan porque queman su carburante nuclear y se extinguen cuando éste se les agota. Y, más aun, contamos con los conocimientos y capacidad técnica para poder averiguar la edad de cada una y, también, estimar la del universo.

http://www.astrocosmo.cl/h-foton/h-foton-01.htm

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