domingo, 20 de diciembre de 2009

4 Cosmología. Visiones antiguas del Cosmos.

Desde pequeños, muchas interrogantes se empiezan a embrionar en nuestro interior. En algún momento de nuestra infancia empezamos a tomar conciencia de la independencia de que gozamos en relación al entorno que nos rodea; nos volvemos conscientes de nuestro cuerpo, de nuestro propio pensamiento. Adquirimos la capacidad de distinguir lo que observamos a nuestro alrededor y, junto a ello, a interrogarnos sobre lo que estamos viendo.

Aristarco

Miramos, nos preguntamos por ello, por aquello. Algunas respuestas empezamos a comprender. En nuestras expediciones nocturnas, levantamos nuestra vista y recibimos las imágenes de fuentes luminosas que tachonan la bóveda celeste sin imaginar que este gesto, además de satisfacer la curiosidad del momento, puede constituir, andando el tiempo, un símbolo de insaciable sed de aventura y de anhelos de saber. El misterio del joyel que luce la noche empieza a transformarse en una fuente inagotable de preguntas. Ante la vista, aparecen las resplandecientes caudas de los cometas y observamos cómo los astros viajan por el espacio y cómo los meteoritos rayan la negra cúpula con fuego. Vemos como el Sol oscurece de cuando en cuando por sombras que ocultan su disco, o la Luna recortada por el propio perfil de la Tierra. Sabemos que la Tierra no es plana como aparenta, sino que gira entorno a sí misma como una bola moteada. Sobre el Sol -ese círculo de luz resplandeciente y pequeño que circunda el cielo- estamos consciente que es muchísimo más grande que la Tierra. También reconocemos que las disminutas chispitas de luz que vemos en el cielo también son soles. Esta síntesis, es la parte de la historia que logramos entender y conocer. Podemos cerrar nuestros ojos y abrirlos de nuevo y nos aparacerá ante nosotros un cuadro que nos parece igual. Pero la otra parte de la historia que sabemos es que ello no es así.

En el espacio, cuando algo sucede, lo hace muy lentamente. El Sol se ve cada día igual. Las estrellas parecen inmutables. En las grandes extensiones espaciales, el tiempo parece alargarse y reducirse interminablemente, absorbiéndonos completamente junto con nuestra propia Tierra.

Cuando era niño, solía levantar mi vista hacia el cielo nocturno lleno de estrellas y no lograba distinguir ninguna de las descripciones que había leído en los libros sobre astronomía de él. Veía a la bóveda celeste igual a una gigantesca tapa negra que cubría la superficie de la Tierra. En esta tapa opaca había agujeros blancos que se me asemejaban a orificios por donde se escurría la luz que había en el otro lado, agujeros que parecían estrellas. Poco a poco, a medida que la noche avanzaba, la bóveda iba moviéndose a lo largo del firmamento, con sus brillantes y parpadeantes orificios. Casi percibía que se movía. En las noches claras iluminadas por la Luna creía ver la luz lunar como los rayos de luz de una linterna reflejados en la negra bóveda en una función igual a la de un buscacamino. El Sol y la Luna estaban colgados de esferas transparentes que se movían en forma independiente a través del cielo. Aunque esa descripción infantil del universo no correspondía a las que entregaban los científicos, igual me conducía a la formulación de una serie de interrogantes. ¿Siempre ha existido el universo? Si no es así, ¿cuándo comenzó? ¿Y cómo? ¿Se acabará? ¿Está cambiando el universo con el tiempo? ¿Se extiende el espacio en forma infinita en todas direcciones? ¿Cómo llegó a formarse la materia en el universo?

Son interrogantes que en cualquier imagen descriptiva que se tenga sobre el universo afloran y en algún modo se han respondido. En cada cultura en que el hombre ha evolucionado ha existido una cosmología con su propia historia de cómo llegó a formarse el universo y hacia dónde se dirige. El asombro ante lo que vemos al mirar hacia arriba es tan antiguo como la humanidad. El Sol, las estrellas fijas y las fugaces, la Luna y sus fases, los cometas, los eclipses, el movimiento de los planetas en el cielo, despertaron siempre admiración, curiosidad y temor. Testimonio del pasado por escudriñar en los misterios del cielo se encuentra representado por los silenciosos monumentos de épocas remotas como Stonehenge en Inglaterra, Chichén Itzá en México, Angkor Vat en Camboya, los Mohai en Rapa Nui (Isla de Pascua), Abu Simbel en Egipto.
Es muy difícil resumir en unas pocas líneas cómo los pueblos antiguos fueron conociendo y entendiendo los fenómenos celestes. Asirios, babilonios, caldeos y sumerios, habitantes de la Mesopotamia, nos legaron, a través de los griegos, los primeros conocimientos sobre el universo. En igual forma llegaron a nosotros los conocimientos de los egipcios. También hay que mencionar la astronomía y cosmología de los pueblos del lejano oriente como los chinos, los japoneses y los hindúes, y el importante desarrollo alcanzado por la astronomía de los mayas, habitantes de América Central.


Algunos pueblos antiguos creían que el universo estaba formado por gigantes o dragones, o que empezó en un caos líquido o como una mazorca de maíz o un huevo primordial. Los griegos hablaban de un vacío intemporal que precedió al cosmos ordenado: lo llamaban Caos, y hablaban de cómo Gea, la madre de la creación, emergió de esta infinita oscuridad para fundar la tumultosa dinastía de dioses que gobernarían desde el Olimpo. Los incas se consideraban descendientes del Sol. Para los aztecas el joven guerrero Huitzilopochtli, símbolo del astro rey, amanecía cada mañana con un dardo de luz combatiendo a sus hermanos, las estrellas, y a su hermana, la Luna, para que se retirasen y así imponer su reinado diurno. Moría en el crepúsculo para volver a la madre Tierra, donde renovaba su fuerza a fin de enfrentar un nuevo ciclo al día siguiente.

Astrónomo Inca

Para las tribus primitivas de la India, la Tierra era una enorme bandeja de té que reposaba sobre tres inmensos elefantes, los que a su vez estaban sobre la caparazón de una tortuga gigante. Para los antiguos egipcios el cielo era una versión etérea del Nilo, por el cual el dios Ra (el Sol) navegaba de Este a Oeste cada día, retornando a su punto de partida a través de los abismos subterráneos donde moran los muertos; los eclipses eran provocados por ataques de una serpiente a la embarcación de Ra. Para los babilonios la Tierra era una gran montaña hueca semisumergida en los océanos, bajo los cuales moran los muertos. Sobre la Tierra estaba el firmamento, la bóveda majestuosa del cielo, que dividía las aguas del más allá de las que nos rodean.



El cielo de la diosa Nut está formado por su propio cuerpo fulgente de estrellas. Su esposo Geb, Dios de la Tierra, está reclinado bajo ella.

A medida que fue evolucionando su inteligencia y su conciencia adquirió potestad, el mundo observado o imaginado extendió sus límites y cambió su apariencia. Viejas civilizaciones cuadricularon la esfera celeste, ordenaron las estrellas, descubrieron cómo el venir y alejarse de los cometas se atenía a ciclos regulares, y previnieron los eclipses del Sol y de la Luna. La estrella Polar, extremo del eje a cuyo alrededor, aparentemente, giran las constelaciones, alineada en la dirección de la galería que lleva a la cámara nupcial de la Gran Pirámide, la orientación de ésta y otras notables construcciones y diversos documentos, señalaron a las civilizaciones posteriores algo de los conocimientos o de la herencia cosmológica de los egipcios, calderos y babilonios; los calendarios aztecas y los ideogramas mayas hablaron también de un saber cuya profundidad aun no entendemos.



Los mayas, habitantes de la península de Yucatán y partes de las actuales Guatemala y Honduras, consiguieron un desarrollo comparable con la astronomía. Prueba de ello es su famoso calendario, elaborado hace por lo menos veinte siglos, y que está basado en un ingenioso estudio de los desplazamientos de la Luna y la Gran Estrella noh ek (Venus) respecto del Sol. El año maya difiere del actual en menos de cinco minutos, en tanto que el calendario romano, más o menos de la misma época, se equivoca en unos diez a once minutos al año.

Poco a poco, especialmente en Occidente, los dioses y mitos fueron sustituidos por los mecanismos físicos en las especulaciones cosmológicas. En Grecia ya se sabía bastante de astronomía algunos siglos antes de Cristo. Desafortunadamente no conocemos -debido a la destrucción de la legendaria biblioteca del museo de Alejandría, lugar donde se guardaban preciosos documentos de la Antigüedad- cuán difundidos y aceptados eran esos conocimientos. Pero a través de algunas huellas literarias de esa época que se han podido rastrear, se ha sabido que diversos filósofos y matemáticos griegos sugirieron soluciones bastante imaginativas y cercanas a las verdaderas.

Si nos remontamos a seis siglos antes de Cristo, Tales de Mileto enseñaba que las estrellas estaban constituidas por fuego, que la Luna estaba iluminada por el Sol y que para nosotros era invisible durante la conjunción porque estaba escondida por los rayos solares. También decía que la Tierra, el centro del universo, era redonda. Predijo el eclipse solar del año 584 a.C., que puso fin a la guerra entre Media y Lidia.
Las primeras ideas sobre los movimientos de la Tierra, vale decir la rotación en torno a su eje y su revolución en torno al Sol, se atribuyen a Pitágoras (580?-520? a.C.). También se atribuyen a Pitágoras, o a su escuela, las ideas sobre la esfericidad de la Tierra, la Luna y el Sol, y sobre los movimientos de Mercurio y Venus en torno al Sol.

S-P_Aristarco

De Grecia la ciencia emigró a Alejandría y las investigaciones sobre el universo, basadas en medidas sistemáticas, hicieron un rápido avance. Es importante señalar que los astrónomos griegos, por sobre todo, se atrevieron a aplicar las leyes geométricas al universo. Aunque no se ha podido constatar su veracidad, se habla que alrededor del siglo III a.C., el gran astrónomo griego Aristarco de Samos (lugar próximo a Mileto), y que vivió en Alejandría, fue uno de los que puso en duda todo el modelo geocéntrico griego y postuló que la Tierra gira en 24 horas y se traslada en torno al Sol en un año. Aristarco parece haber basado su modelo en la determinación que hizo de las distancias al Sol y la Luna; propuso un método conceptualmente impecable, pero su difícil aplicación lo llevó a subestimar el tamaño del Sol, creyéndolo sólo siete veces más grande que la Tierra (en verdad el Sol supera 109 veces el tamaño de la Tierra). Pero siendo siete veces mayor le pareció natural que fuese el Sol el centro del universo y no un astro subordinado a la Tierra. También en su trabajo, dibujó las órbitas planetarias en el orden que ahora las conocemos. Pero la proposición de Aristarco no fue tomada en cuenta por sus contemporáneos o sus sucesores.



LA REDONDEZ DE LA TIERRA

Los primeros modelos cosmológicos griegos del siglo VI a.C. suponían una Tierra plana. Sin embargo, en los siguientes dos siglos los griegos aprendieron y aceptaron que la Tierra era redonda. Se atribuye a Pitágoras el haber enseñado por primera vez que la Tierra era redonda, hacia fines del siglo VI a.C. Aristóteles, en el siglo IV a.C., da varios argumentos por los cuales la Tierra debe ser redonda. En primer lugar porque cuando un barco se aleja de un puerto primero desaparece el casco y por último las velas. La altura del polo celeste aumenta al viajar al norte. Desplazándose hacia el sur aparecen estrellas que están siempre ocultas en Grecia. Por último, menciona que la sombra de la Tierra que podemos ver en los eclipses de Luna, es siempre un arco de círculo y sólo una esfera arrojaría una sombra con esas características. Aristóteles da un valor de 400.000 estadios para el perímetro terrestre (el largo del círculo máximo), sin citar de dónde lo obtuvo; parece ser un valor un 60% mayor que el verdadero.

En el siglo III a.C. vivió Eratóstenes astrónomo de la escuela de Alejandría. Él estuvo a cargo de la Biblioteca del famoso Museo de Alejandría. Sabía que el Sol estaba muy lejos de la Tierra, por lo tanto los rayos solares que llegan a la Tierra son todos prácticamente paralelos. Eratóstenes sabía que en Syene, cerca de la moderna Aswan (en el extremo sur del río Nilo), en el solsticio de verano, al mediodía, los rayos solares llegan al fondo de un pozo. En ese mismo día el Sol no pasa por el cenit de Alejandría sino a 7,2º de él. Razonó correctamente que eso se debía a la curvatura de la Tierra y que la vertical de Alejandría formaba en el centro de la Tierra un ángulo de 7,2º con la vertical de Siena. Midió la distancia entre Alejandría y Syene, obteniendo 5.000 estadios. Siendo el ángulo entre las dos verticales l/50 de un círculo, Eratóstenes obtuvo un perímetro para el meridiano terrestre de 50 x 5.000 = 250.000 estadios. Esta cifra la cambió después a 252.000 estadios, para que hubiese 700 estadios por grado. Desgraciadamente no se sabe con seguridad qué tipo de estadio utilizó Eratóstenes. Si fuese, como sugiere Plinio, el estadio de 157,5 metros el valor es casi idéntico al aceptado actualmente, ya que difiere en sólo unos ochenta kilómetros del valor correcto.

R-Tierra

Eratóstenes descubrió que mientras en Syene el Sol alumbraba el interior de un pozo al mediodía, en Alejandría sólo llegaba a un mínimo de 7,2º del cenit. Con ello concluyó que las verticales de ambos lugares forman un ángulo semejante en el centro de la Tierra. Midiendo la distancia entre ambos lugares obtuvo el perímetro y el radio terrestres.



Pero también se teje una leyenda que relata la forma de que se valió Eratóstenes para obtener las cifras del radio de la Tierra. Se cuenta en la leyenda que Eratóstenes contrató a un paciente caminante para que midiera paso a paso la distancia entre Alejandría y Syene , unos 800 kilómetros en total, lo que obviamente implica un recorrido bastante largo en el cual se debieron haber contado por el caminante una cantidad cercana al millón de pasos, en bastantes días de caminata. El método de Eratóstenes consistió en medir en ambos lugares y a la misma hora, la longitud de la sombra de una estaca clavada en la Tierra. Si en Syene el Sol estaba justo arriba, la estaca no proyectaría allí sombra alguna; en Alejandría, en cambio, por la curvatura de la Tierra, habría una sombra que delataría justamente la magnitud de esa curvatura y, por tanto, la circunferencia del planeta. Si hubiese sido por el método que podemos considerar como ortodoxo, o por el que relata la leyenda, de cualquier modo, Eratóstenes, 230 años antes de Cristo midió el radio terrestre con notable precisión. Ptolomeo en su libro el «Almagesto» adopta un valor muy similar al de Eratóstenes para el tamaño del globo terráqueo. ¡Se trata de una hazaña que se realizó 17 siglos antes de Colón!
Durante la Edad Media nunca se olvidó totalmente este conocimiento. El gran retroceso cultural de la humanidad alcanzó a todos salvo unos pocos que a lo menos conservaron el conocimiento fosilizado en los libros de los grandes pensadores de la antigüedad clásica. Colón no descubrió, ni mucho menos, que la Tierra era redonda: tuvo la gran valentía de intentar algo que nadie había hecho, pero que Aristóteles 18 siglos antes, sabía que era perfectamente posible, en principio.

También la aplicación de la lógica y de la física en el pensamiento cosmológico en la Grecia Antigua se encuentra en algunos cultores, cuyas descripciones teóricas del universo en cualquier estudioso llaman la atención. Uno de ellos fue Anaximandro en el siglo VI a. C. En su teoría, sostenía que las estrellas estaban constituidas por porciones de aire comprimido y que el Sol tenía la forma de la rueda de un carro, veintiocho veces mayor al tamaño de la Tierra. El borde de esta rueda solar tenía fuego, el que se escapaba a través de un orificio. Cuando el orificio se obstruía se producía un eclipse. La Luna se asemejaba a un círculo diecinueve veces la Tierra y también se asemejaba a la forma de la rueda de una carreta. El universo de Anaximandro se sustentaba en una substancia infinita y eterna. Los planetas y astros se formaban al separarse de esta sustancia; luego perecían y ésta los volvía a absorber. Según Anaximandro, la Tierra era un disco aplanado que se habría originado por un movimiento de remolinos que generó que los elementos pesados cayeran hundiéndose hacia el centro lo que le dio la forma, mientras que masas de fuego rodeadas de aire fueron lanzadas hacia el perímetro, dando vida así al Sol y las estrellas. Sin embargo, a pesar que aparecían y desaparecían estrellas, soles, mundos y planetas, el universo de Anaximandro como un todo era eterno, sin comienzo ni fin. Era infinito en el tiempo y en el espacio.

Muchas de las ideas de Anaximandro se hallan el la teoría atomista de Demócrito (aprox. 460-370 a.C.). En las ideas cosmológicas matrices de este último, toda la materia estaba compuesta de pequeñísimos cuerpos indestructibles a los que llamó átomos (de la palabra del griego atomos, que significa indivisible). Los había de distintas clases, entre ellos, se encontraban los átomos duros, los blandos, los ásperos y los suaves, lo que explicaba la variedad de sustancias esparcidas en el universo. El atomismo griego contaba con una explicación para todo, desde las lluvias a los sabores, icluido la escama de los peces. Aun cuando las sustancias podían cambiar alterando sus átomos, los átomos en sí no podían crearse ni destruirse; eran eternos. Los átomos de Demócrito correspondían a la substancia eterna de Anaximandro.

Esa visión atomista del universo tenía dos grandes fortalezas, las que fueron elaboradas y precisadas por Lucrecio en su poema clásico «De la naturaleza de las cosas» (por ahí, por el 60 a.C.). La propugnación de que "nada puede crearse de la nada" y "nada puede destruirse para convertirse en nada", hace que resulte imposible que los fenómenos ocurran sin una causal física. Por lo tanto, los seres humanos no debieran temer las intromisiones antojadizas de los dioses. Por otro lado, las personas debieran abstraerse de temer castigos tras su muerte, pues el alma, que también está constituida por átomos, se disipa como el viento; o sea, desaparece el objeto candidato a ser atormentado eternamente.

Ahora bien, si se aplica la teoría atomista al cosmos en general, obtenemos un universo indeterminado. Los átomos se desplazan ciega y libremente a través del espacio. Cuando por casualidad los caminos aleatorios de grandes grupos de átomos se entrecruzan, entonces se crea un astro, el cual subsistirá por un tiempo, desintegrándose y devolviendo los átomos a sus vagabundeos. Todo lo que se ve y existe, incluyendo la gente y los planetas, son simplemente islas de orden, temporales y accidentales, en un cosmos desordenado. Nada en él ocupa un privilegio especial. Todo corre la misma suerte. Al igual que el cosmos de Anaximandro, el universo atomístico no posee límite de espacio ni de tiempo. Es eterno, y estuvo y está ahí, porque es imposible crear o destruir un universo compuesto de átomos indestructibles.

A pesar de las enseñanzas de Aristarco, Eratóstenes, Anaximandro y Demócrito , la creencia predominante entre los griegos era que la Luna, el Sol y los demás astros que pueblan el cielo giraban sobre esferas perfectas en torno de la Tierra, el centro absoluto e inmóvil del universo. La Luna sobre la esfera más cercana, luego Mercurio, Venus, El Sol, Marte, Júpiter y Saturno, este último seguido de las estrellas fijas. Finalmente el inmóvil primum mobile (Dios), la razón primera que alentaba el movimiento armónico de todo este esférico concierto celestial. Es la concepción geocéntrica del cosmos, en la cual el hombre se sentía suficientemente importante como para dialogar con Dios, Omnipotencia más poderosa que él, pero con todos los atributos humanos, y creía que todo lo observable en los cielos giraba a su alrededor para su exclusiva complacencia.

Fuente: http://www.astrocosmo.cl/h-foton/h-foton-02_01.htm

1 comentario:

  1. Te quieres Divertir? No esperes más ingresa aquí http://elcasinocaribe.com/get/a/2036399 Te ofrecemos más de 140 juegos Máquinas Tragamonedas, Bingo, Juegos de Mesas como; Póker, Black Jack, Ruleta, Dados, Baccarat. Entra Yá y Reclama tu BONO GRATIS DE BIENVENIDA de Bs 500 llama ya al 08001009212

    ResponderEliminar